Hello, I’m Avery

A thoughtfully curated blog covering design, culture, wellness, and modern living. A place for meaningful stories, visual inspiration, and slow reading.

Details

hello@example.com
Based in Riverbend, CA

Follow the Journey

Caballos, ratones y sueños

Hace poco tuve un sueño muy vívido. La mayoría de las veces el recuerdo de los sueños se desvanece apenas uno despierta, sin embargo este no lo quiso así. Incluso hoy, después de algunos meses, tengo los detalles frescos, marcados. Y no porque haya sido perturbador (aunque tuvo sus momentos), sino porque al analizarlo, después de darle varias vueltas, terminó llevándome a un lugar diferente. Tenía una idea del destino, sin embargo llegué a otro lugar.

La escena era esta: una casa grande de techos altos, arriba de un cerro, con vista a la ciudad, todo con un tono azulado, nocturno, con piso de madera, algo antigua, un poco lúgubre. Entraba a un cuarto, un estudio que no era mío (en el sueño lo sabía). El estudio tenía un aire femenino, como si perteneciese a una pintora, con un gran ventanal de estilo Crittall al fondo que daba a un balcón tipo invernadero desde donde se veían las luces de la ciudad de noche.

Mientras caminaba hacia el balcón, en algún momento miré debajo de un mueble de madera, una cómoda, y había ratones. Me desesperé. Molesto, sin pensarlo, grité alguna grosería, mis usuales garabatos, esos que salen solos. Sentí asco y repulsión por las heces en el piso. Salí de ahí rápido, intentando sacarme de encima la sensación de asco, y crucé una especie de hall de distribución amplio, de casa antigua, con friso de madera en las murallas, hasta llegar a un dormitorio infantil. Dentro había juguetes viejos, un caballo de madera y un cuadro con un texto que, por más que lo intentaba, no lograba descifrar. Tenía una sensación clara de que algo malo estaba por pasar. Había una «energía mala» en esa pieza…

Si interpretamos el sueño con una lectura clásica (vulgarizando a Freud), pensando en el pasado como causa, el síntoma como efecto y el sueño como un mensaje cifrado que hay que traducir, podríamos llegar a leer la casa como una metáfora de la psique, el estudio de pintura como un espacio creativo, los ratones como preocupaciones pequeñas y postergadas y el dormitorio infantil como la infancia no resuelta, con el texto ilegible del cuadro como un trauma pendiente de descifrar.

Es una interpretación razonable en abstracto. Deja de serlo cuando uno agrega el contexto: llevo un buen tiempo trabajando personalmente en todo aquello, aplicando el estoicismo como filosofía práctica de vida y sumando las ideas de otros pensadores como Pierre Hadot o Alfred Adler. Mis cuentas con la infancia están saldadas. Los perdones están hechos, propios y ajenos, y no cargo con nada de la manera en que un análisis «freudiano» pudiera sugerir.

La psicología popular de sueños es causal, le encanta buscar hacia atrás, escarbar en lo que te pasó para explicar lo que haces o cómo te comportas.

Leyendo a Ichiro Kishimi y Fumitake Koga en su libro The Courage to Be Disliked, llegué a Alfred Adler, el psiquiatra austriaco que en 1911 rompió con Freud para plantear una teoría radicalmente distinta: la psicología individual. Donde Freud veía al hombre atrapado por su pasado y sus instintos, Adler vio algo completamente diferente: somos criaturas orientadas hacia un futuro que construimos y no animales atrapados por lo que nos tira desde atrás. Como él mismo escribió: «Nos interesa más el futuro que el pasado… en la psicología individual la causalidad es un obstáculo que ya está superado. Nosotros consideramos al hombre como si nada en su vida estuviera determinado causalmente» (Praxis und Theorie der Individualpsychologie, 1920).

Su pregunta no es por qué, es para qué. La conducta no se explica por lo que nos ocurrió sino por la meta hacia la que se orienta. La pregunta deja de ser «qué me pasó que me hace gritarle a los ratones» y pasa a ser «para qué me sirve gritar ahora». La frase de apertura de What Life Should Mean to You (1931), «los significados no están determinados por las situaciones, sino que nos determinamos a nosotros mismos por el significado que damos a las situaciones«, abre la puerta a una segunda lectura del sueño bastante más interesante.

Si el dormitorio infantil no es un trauma sin resolver, entonces ¿qué otra cosa puede ser?

La respuesta que hace más sentido desde este nuevo punto de vista es que el dormitorio no es un artefacto del pasado sino un patrón. Una especie de configuración de fábrica, un modo de reaccionar que armé hace mucho tiempo, probablemente durante la infancia primigenia, que en su momento pudo ser útil y que hoy simplemente está viejo. No es un contenido guardado, es una forma de mirar. Y por eso no hay nada que sanar ahí. Uno no sana una lente, la cambia.

El caballo de madera forma parte del mismo esquema. Para Adler la personalidad no es una cosa sino una dirección, un movimiento, y un caballo de juguete es justamente movimiento detenido y convertido en adorno. Está quieto en una pieza donde todo está quieto.

Bajo esa misma lente los ratones dejan de ser cosas postergadas y pasan a ser la fricción diaria, esas pequeñas irritaciones que el estoicismo enseña a mirar con distancia racional. Nada grave, nada existencial. Ratones.

Leído así, el sueño describe una secuencia bastante precisa: las molestias pequeñas me sacan del centro, del estudio, del espacio racional y creativo, y me empujan de vuelta hacia el dormitorio infantil. Es decir, hacia la reacción vieja.

Y acá viene la parte incómoda.

Cuando conté el sueño escribí que grité mis garabatos de siempre, esos que salen solos. Es exactamente lo que uno cree en el momento: que el grito se le escapó, que fue un reflejo, que no hubo nadie ahí decidiendo nada. Y resulta que ni Séneca ni Adler dejan que me quede con esa versión.

Séneca distingue dos cosas. El sobresalto al ver los ratones y sus heces es involuntario, un primer movimiento del cuerpo que nadie elige. Pero la ira que viene después no: esa requiere asentimiento, es un juicio al que uno consiente. Adler llega por otro camino al mismo lugar. Para él la ira tampoco es un desborde sino un afecto con propósito: sirve para poner distancia, para imponerse rápido sobre una situación, para proteger la autoestima de algo que la amenaza. La ubica dentro de lo que llama tendencias de aseguramiento, las construcciones mentales que montamos para no quedar expuestos frente a lo que nos incomoda.

Un estoico romano y un psiquiatra vienés, separados por diecinueve siglos, coinciden en que la rabia es algo que uno elige.

Así que la pregunta ya no es por qué perdí el control. Es qué gano gritando.

Y tengo una sospecha que no me deja muy bien parado. Gritando dejo de ser el tipo que tiene que hacerse cargo de los ratones y paso a ser la víctima de los ratones. El garabato traslada el problema hacia afuera. Me deja indignado, que es una posición bastante más cómoda que la de estar simplemente frente a algo desagradable que hay que resolver.

No sé si esa es toda la respuesta. Pero es más honesta que «soy mal genio y perdí mi temple».

Lo que no cambió de una lectura a otra fue el texto ilegible. Ese cuadro con texto borroso sigue siendo, para mí, una pieza central del sueño: hay algo (un principio, una idea, una forma de aplicar lo que he estado estudiando) que todavía no logro integrar del todo. No es que me falte teoría. Me sobra teoría, de hecho. Lo que falta es que esa teoría se vuelva automática en el momento exacto en que aparece el primer ratón.

Epicteto lo dice con precisión: entre la impresión (cuando aparecen los ratones y sus heces) y el asentimiento (cuando grito) hay un intervalo. Y toda la práctica estoica vive ahí, en ese medio segundo, no en las Meditaciones, ni en los Diálogos, ni en el Enquiridión. La práctica estoica exitosa no consiste en atiborrarse de conocimiento sino en hacer crecer, ensanchar, ese intervalo.

Finalmente, no necesito descifrar el texto para saber para qué sirve el sueño. Sirve como recordatorio de que el trabajo con el estoicismo y con las ideas de Adler no es un proyecto terminado, sino uno que se pone a prueba todos los días, casi siempre en los momentos más pequeños e insignificantes. La ansiedad no me va a llegar disfrazada de crisis existencial, va a llegar disfrazada de ratón debajo de un mueble.

Para Adler, los sueños no son piezas de un rompecabezas que necesita ser resuelto. Son una preparación emocional, son el ensayo antes de la obra o del concierto, nos predisponen a enfrentar un problema real de una forma que ya es «natural» para nosotros, que ya escogimos, aunque a veces contradiga el sentido común. Por eso pretender descifrar el cuadro mataría su propósito. La oscuridad del sueño no es un accidente.

Probablemente seguirán apareciendo ratones, y probablemente yo seguiré disparando más de una grosería al aire. Las letras del cuadro seguirán siendo difusas, esperemos que cada vez menos en la medida en que el intervalo entre la impresión y el asentimiento se vaya haciendo más grande.

Como escribió Marco Aurelio (Meditaciones V, 9): «no te disgustes ni te desanimes si no logras obrar siempre según los rectos principios; tras el fracaso, vuelve de nuevo».

Comments (

0

)

Deja una respuesta

Autor

Enamorado de mi mujer y mi hijo. Lector empedernido y escéptico por naturaleza.

Más Vistos

Categorías

Reflexiones personales, fotografía y vida cotidiana.

Desarrollo de apps nativas para macOS e iOS.

ancient text in stone

Estoicismo aplicado a la vida diaria.

Related Stories

Back to top

Descubre más desde RODRIGO SEPULVEDA

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo